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Jueves, 13 Febrero 2020 11:55

Feminismo de las mechas: de girondinos y jacobinos

Por Silvia Marcet

¿Se acuerdan cuando en la escuela estudiábamos sobre las facciones peronistas, sobre cómo se enfrentaban en las calles, en los actos, en las asambleas, en las fábricas, en los bares, en los partidos, en los barrios y en los medios?

Que si la burocracia sindical, que si los vandoristas, que si las 62 organizaciones, que los imberbes de izquierda, quienes luego fueron trágicamente echados de la Plaza y todo el horror que se desplegó en consecuencia. Todos querían ser ungidos como legítimos herederos del líder.

¿Y se acuerdan cuando en la Facu o en la escuela estudiábamos sobre el club de moderados contra el de radicales en la Revolución Francesa? Unos querían una lenta y progresiva revolución de ideas; otros cortar los cuellos de toda la nobleza y el clero.

Sus luchas intestinas, fraticidas, por hacer prevalecer sus ideas, y por supuesto, ganar su lugar y su cuota de poder en el curso inminente de la Historia fueron sangrientas. Las mujeres que quisieron sumarse siquiera a ese flujo principal de acontecimientos no lograron inscribir sus apellidos en los libros, ni sus nombres en las crónicas de los pasquines. Pero sí ingresaron con sus cabezas en las cestas de las guillotinas y fueron a parar con sus huesos a todos los rincones olvidados por los candiles y reflectores: los de cárceles, hospicios y los de la intimidad de sus hogares.

En tanto, las discusiones entre señoras y señoritas más adaptadas... ah, bueno... eso siempre fue cosa de loros cotilleando nimiedades en la cocina. No de personas haciendo cosas importantes para que el mundo siguiera girando.

Pienso que ahora el feminismo se encuentra debatiéndose sin parar, minuto a minuto, en el medio de algo que parece un tironeo de mechas en la cocina.

Muches se quejan con horror: ¡Basta con el monotema! Y yo les pregunto: ¿Es que no han leído los diarios de cualquier época pasada? ¿O un libro?

Definir las ideas que pueden normalizarse en el futuro inmediato, pero esta vez desde el centro del mainstream, parece ser la única forma de avanzar que tienen nuestras sociedades de masas, de clases y de grupos, donde todos tenemos derecho a participar.

¿Cómo no vamos a debatir las mujeres acerca de todos los temas y las formas apropiadas o más eficaces o más respetuosas de buscar nuestros derechos? ¿Cómo no vamos a hablar, debatir y pelear sobre el "oficio más antiguo de la Humanidad", la desigualdad que muchísimos no quieren ver aunque está frente a sus caras, el lugar que la cultura asigna a nuestros sueños y deseos, el valor con el que el mercado tasa la forma de nuestros cuerpos, o el tráfico de personas?

Las mujeres siempre hemos pensado y repensado mil veces cada cosa y sus consecuencias. Tenemos una carga emocional, intelectual, espiritual y física de mil familias sobre la espalda. La imagen de esa diosa de ocho brazos y ocho manos haciendo una danza sincronizada de objetos en el aire es algo real, y pasa cada día de nuestras vidas.

Ojalá vayan cayendo de las manos las piedras sojuzgadoras, volviéndose más laxos los dedos acusadores y menos socarronas las sonrisas de quienes livianamente escupen sobre este debate. Cruel, sí.

¿Mejorable? Por supuesto. Pero debate que, al parecer, es un maldito calvario plagado de trampas y espinas, una angustiante Pascua que la Humanidad no ha aprendido a hacer mejor para ir modificando sus paradigmas.

Compasión y respeto, si no es mucho pedir.