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Domingo, 25 Noviembre 2018 11:30

Juan Carlos Carta recuerda a Antonio Gramsci

Por Juan Carlos Carta

Los sueños de un hombre, a veces, pueden crear distintos devenires en la vida de otros.

Por ejemplo, un hombre preso, solitario, muerto de frío y enfermo que escribe incansablemente en papeles, en cartones, pedazos de hojas tomadas de cualquier lado; este hombre, sus escritos y sueños, pueden causar una revolución en otro lugar y tiempo. Algo que comienza hoy como un simple y pequeño pensamiento, puede transformarse en la razón de vida de toda la humanidad. La ética, la política, la religión, el arte han comenzado y crecido así. Una tarde lluviosa, la pureza de un aire serrano, el frío, el calor, han servido de elementos inspiradores para la gesta de una idea maravillosa. La extrema pobreza, la extrema alegría, el extremo desasosiego, también.

Pero volviendo al hombre que escribe en las peores condiciones, esto es, encerrado en una celda, como preso político, cada vez más enfermo y sin embargo con la fe ciega de que su pensamiento es un pensamiento luminoso y que aportará igualmente ideas luminosas en este mundo, lo cual es rigurosamente cierto; este hombre digo, que se llama Antonio y que es pequeño y enfermo, da forma a su pensamiento en el frío y la humedad condenado por la certeza de que él lleva algo peligroso en sí.

Gramsci padece el confinamiento la mayor parte de su vida adulta. Se proponen quienes los encierran “impedir por veinte años a este cerebro funcionar” cosa que no logran. La tuberculosis y la  arteriosclerosis son sus compañeras en la oscuridad. Él lo mismo supera todo esos obstáculos y escribe frenéticamente. Sus Cuadernos de la cárcel son la prueba de su empeño. En ellos y en todos sus escritos da verdaderos instrumentos para pensar la política. Sus conceptos de hegemonía, la definición, con una instancia superadora, de la noción de la superestructura marxiana como ideología y el acierto que logra al definir las formas de control desde la hegemonía cultural, son algunos ejemplos de su ardua labor intelectual.

Un día, desesperado, comenzará con alucinaciones y delirios. Pero aun así, no lo dejarán en libertad. Esa libertad tan ansiada llegará al término de su vida, poco antes de su muerte. Una hemorragia cerebral inundará ese pensamiento que nunca ha dejado de razonar. Muere joven, a los cuarenta y seis años, pero ya viejo, quizás cansado de un mundo en el que se le manifestaba entre cuatro paredes sucias, toda la voluntad de los hombres de su tiempo.