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Martes, 16 Octubre 2018 02:45

Breves apuntes sobre Edgard Allan Poe

Por Juan Carlos Carta

Edgard no tuvo una vida buena. Ni siquiera alguna que se acercara a una más o menos mediocre, con algo de buen pasar. No.

El destino aciago, su mala estrella, aquello que quizás es indescifrable en la vida de las personas, lo llevaría por dolorosos derroteros, se empeñaría en hacer de toda su existencia un perfecto martirologio.

Tempranamente, la figura de su padrastro se alza en la vida del joven Poe como signo de su desavenencia con el mundo. De su extrañeza ante un tiempo en el que sus contemporáneos no lo comprenderían ni estarían dispuestos a comprenderlo. El padre. Virginia Clem. El eterno deambular de un lugar a otro. ¿Podemos decir que fueron estos los que se empeñaron en hacer de la vida de Edgar Allan Poe lo que fue? ¿O en su reverso, no está quizás el trazo del destino que él mismo marcó para sí, el que finalmente decidió transitar?

Porque, paradójicamente, el tortuoso camino por el que se empeña Poe, es justamente, aquel ante el cual despierta y se alimenta su genio.

Un genio aún más malicioso que el de la duda cartesiana, es lo que hace que Edgar quite el velo de lo que llamamos real en este mundo, para des-ocultar lo siniestro del mismo, lo trascendental en una inversión hacia el horror. Si fenomenológicamente, las cosas y los seres, están para Poe, despiertas hacia su entramado maligno, también, estas se dejan conducir hacia un razonamiento que ve en todo la fuerza de un mecanismo perfecto en donde acontecimientos, personas y cosas brillan en su esencia más oscura.

Pero volviendo a Edgar, decíamos, su vida poco a poco comienza a ser un compendio de horrores sucesivos. Si enumerásemos lo que vienen a significar algunas personas en su vida, podríamos decir que:

- John Allan será el que siempre rechaza a Edgar como hijo, desheredándolo y condenándolo a la extrema pobreza.

- Hellen (Ms Stenard) el pasaje, tempranamente, al amor y a la enfermedad. Su primer acceso a la locura.

- Virginia Clem, el amor de su vida. Su prima, su niña, su mujer. La tuberculosis, la locura definitiva y su derrota.

Y aún más allá de estas personas, encontraremos siempre en Poe, como fieles compañeros de su viaje, al alcohol y al opio, ingredientes necesarios para magnificar toda su desolación.

Mucho se ha especulado, que a veces, en la obra de todo autor mayor, encontraremos una vida decantada hacia la desgracia, hacia la locura definitiva. Esto es lo que encontramos en Artaud, Nietzche, Poe y tantos otros.

En el reverso de esto mismo, encontraremos la sosegada calma de un Kant, Kafka o un Borges. Y a veces se nos da por pensar que en esa inmensa calma, en ese horario convenido hasta el hartazgo, también allí, se encuentra agazapado el desquicio del hombre. Lo cierto es que cada uno, a su forma, ha hecho de su devenir, de su encuentro con el mundo, la materia con la que amasó su obra escrita.

La locura como forma luminosa de expresión. La perfección como forma secreta de la locura.