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Viernes, 01 Marzo 2019 11:58

Sobre David Lynch: Buscando un nuevo lenguaje para el cine

Por Juan Carlos Carta

Desde siempre, el cine se ha ubicado del lado del realismo, de la fábula clásica, con actores que respondían al naturalismo.

La finalidad siempre ha sido alcanzar esa realidad que se nos escapa constantemente. Pero, aun en películas cuyo paradigma es el naturalista, este realismo, se presenta extraño, armado, lejos de lo que nosotros entendemos por sucesos de la vida. Y es que el arte no es la vida. Sólo puede acompañarla creando un objeto que indague en ella, pero con una autonomía propia. Y es que el hecho artístico puede nutrirse de la vida, pero nunca pretender ser ella.

En el cine sólo cuando un film ha vencido sus propios lugares comunes, esto es, con un guion que se aleja de los gustos e imposiciones del mercado, de las preceptivas de toda estructura dramática ortodoxa, o de los clichés propios de las técnicas de actuación, sólo allí, se asemeja, se acerca, a ciertas instancias de lo real. Entonces gracias a los tiempos muertos, los diálogos que no pretenden nada, las actuaciones que se dejan transcurrir en busca de ese momento inasible que da lo vivo, el cine va acercándose a eso que llamamos realidad. Es decir, el devenir de hombres y mujeres en este mundo.

Y esto es lo que hace, de algún modo, el cine de David Lynch. Este cineasta que ha indagado desde sus primeras experiencias en el terreno de lo onírico, de lo siniestro, llevando parte de su saber en las artes plásticas a su cine, ha comprendido algo muy interesante que tiene esta herramienta artística: para acercarnos a la dimensión de lo real, de nuestro suceder en el mundo de hoy, tenemos que encontrar una forma periférica, un comprender la fábula desde otro lugar, sabiendo que hoy, más que nunca, que el que termina de construir el mensaje es el espectador. Es decir, otorgar la posibilidad al espectador de ser tan creativo como el artista mismo.

En uno de sus primeros trabajos “Eraserhead” (1977), traducida como “Cabeza Borradora”, David Lynch entraba de lleno en un mundo sombrío, absolutamente extraño, más cerca de los sueños que de un relato lineal. Tardó seis años en concretar esta película, pues nadie quería financiarla. Hoy es un objeto de culto. La historia de un hombrecito nervioso que trabaja en una imprenta, le sirve a este director para presentar un conjunto de imágenes y de hechos, casi inconexos, que poco a poco producen un hondo efecto en el espectador. En otros trabajos, quizás los más destacados de su filmografía, “Blue Velvet” (1986) y posteriormente “Mulholland Drive” (2001), Lynch llega al fondo de la cuestión. Esto también, lo podemos encontrar en su serie para la tv: “Twin Peaks” (1992) y sobre todo en su tercera temporada en 2017. En estos trabajos, desarrolla todo lo que ha comprendido de su propio lenguaje. Allí puede describir la maldad como ninguno, la soledad, el misterio de la vida y la muerte. Y sobre todo: minar lo que entendemos por realidad. Pues, a la manera platónica, sabe que el mundo sensible donde nos movemos es una mera copia de aquel otro, el mundo ideal. Sólo que, para David Lynch, por una paradoja que describe lo que es el hombre mismo, no hay Bien en ese otro lado. Todo lo contrario.

Para resumir, podemos contar cualquier clase de historia, basta que las enfoquemos desde otra mirada, libre de los prejuicios y las formalidades que la misma forma del cine nos impone.